30 marzo 2010

El libro de mi vida

Me levanto cada mañana, y me hago siempre la misma pregunta: "¿Qué ocurrirá hoy?"

Cada día es como un nuevo capítulo. Un capítulo del libro que conforma mi vida. Normalmente, los capítulos son aburridos y predecibles. A veces, ocurren sucesos nuevos e inesperados, pero que no alteran en absoluto el rumbo de la historia. Y muy de vez en cuando, las propias páginas del libro se llenan de colorido y parecen cobrar vida; hay un cambio drástico en el argumento y los personajes incluso parecen otros. Y es entonces cuando yo, como lector de mi propia vida, me siento más identificado que nunca y con ganas de ser ese protagonista que leo cada noche en mis sueños, cuando repaso los acontecimientos vividos durante el día y en el pasado.

No obstante, después de unos cuantos capítulos buenos suelen venir varios mediocres, porque la vida es así. Es como una montaña rusa. A los momentos felices siempre les precede unos tristes, y a los tristes, unos felices. Es inevitable. Lo bueno no dura para siempre, es algo que sabe todo el mundo; y sin embargo, a veces la gente se olvida de que las etapas malas tampoco son eternas. Que no hay que quedarse atrapado en el agujero que nosotros mismos nos cavamos. Ya que, al final, siempre se llega a un capítulo en el que el protagonista rompe su rutina por completo, provocando un cambio en el rumbo de su historia.

En definitiva, aunque en ocasiones nos parezca que el libro de nuestra vida se hace aburrido, no hay que dejar de leer, porque sin duda alguna, en él se esconden muchas sorpresas totalmente inesperadas. Y es por eso, que yo estoy totalmente enganchado a mi libro, deseando que sea un nuevo día para preguntarme: "¿Qué ocurrirá hoy?"

27 marzo 2010

Laberinto

Paredes altas se levantan a mi alrededor. Paredes blancas de piedra que me marcan diferentes caminos. Caminos que puedo elegir a voluntad, pero que algunos no tienen salida y me obligan a volver sobre mis pasos. Caminos erróneos que hacen enfadar, entristecer, gritar de rabia. Son sendas que queremos evitar pero que están ahí, y son precisamente las que solemos tomar, a pesar de que intuimos o sabemos que no nos llevarán a ningún lugar que valga la pena. Porque esos lugares nunca son alcanzables por esos senderos incorrectos. Los cuales decidimos seguir generalmente porque son los más fáciles, los más seductores.
Y con el tiempo nos damos cuenta. Nos percatamos de que estamos haciendo el tonto y que esos caminos son una pérdida de tiempo. Y sin embargo, continuamos tomándolos. ¿Por qué? Nuestra lógica nos advierte que es una equivocación tomar esos senderos, pero nuestras emociones y nuestros miedos nos conducen hacia ellos. No obstante, por cada travesía errónea, por cada enfado y bajón que experimentamos al final de cada una, nos hacemos más fuertes. Reflexionamos y aprendemos una lección. Y a medida que nos hacemos más fuertes, vamos sabiendo escoger mejores caminos. Poco a poco nos orientamos entre esas altas paredes blancas que nos separan de ese lugar que ansiamos encontrar. Poco a poco somos capaces de dirigirnos hacia la salida de ese laberinto particular en el que cada uno estamos encerrados.

Unos consiguen llegar antes que otros, y ese tiempo que perdemos en recorrerlo, no es del todo un tiempo perdido. Es precisamente un tiempo ganado, porque si no fuera por esos caminos erróneos que escogemos no sabríamos todo lo que sabemos ahora. Sin esas equivocaciones, no maduraríamos, y seríamos las personas más débiles del planeta. Así que, bendigo cada una de mis malas decisiones, las dificultades que he tenido en mi vida, y todas las veces que me he sentido destrozado: que he sentido que he perdido. Porque ahora sé qué caminos no he de tomar y cuales me llevarán a donde quiero ir. Los caminos que me guiarán a la salida de mi laberinto serán, sin ninguna duda, los más difíciles. Aquellos en los que querré dar media vuelta. Aquellos en los que mis miedos me tentarán para no seguir adelante. Sin embargo, creo, que después de tantos senderos erróneos, he adquirido las fuerzas necesarias para poder hacerle frente a esos caminos que me sacarán de este laberinto. ¡¡Es hora de salir y de sentir que he ganado!!

21 marzo 2010

Puzzle inacabado

Cuántas veces tendré que despertar,
Y descubrir que todo sigue igual.

Cuántas veces me volveré a ilusionar

Y pensar que todo va a cambiar.


Cuando soplará el viento,

Y traerá consigo la salvación,

Que desvanezca este sentimiento,

Y me libere de esta prisión.


Cuándo soplará el viento,

Y traerá consigo una solución,

Algo que cambie lo que siento,

Y me cure este dolor.


Cuándo traerá esa pieza,

Que falta en mi interior,

Que complete el rompecabezas

Y me haga sentir mejor.


Cómo curaré las heridas de mi alma sucumbida,

Cómo pegaré los trozos de mi corazón,

Dónde encontraré las esperanzas perdidas

En el laberinto de la desilusión.


Dónde estará ese lugar,

Dónde estarás tú,

Cómo podré volar,

Y surcar el cielo azul.


Cuánto costará conseguir lo que quiero,

Qué precio habrá que pagar para triunfar,

Poner en orden lo que siento

Y sentir tu mirada en mi mirar.


Cuándo aparecerás en mi vida,

Cómo te puedo encontrar,

Dónde estás escondida,

Cuánto más he de esperar.


Y de nuevo vuelvo a despertar,

Y descubrir que todo sigue igual.

De nuevo vuelvo a observar

Que faltan piezas por colocar.


Piezas del rompecabezas que queda por completar,

Del puzzle de mi vida, de mis deseos y mi soñar

De momentos que fueron y momentos que serán,

De recuerdos en mi cabeza que jamás podré olvidar.

20 marzo 2010

¿Quiénes somos?


Imagin
a el lugar más seguro del mundo. Un lugar donde nada ni nadie jamás ha conseguido entrar. Un lugar tan bien protegido que no existe una persona en este mundo que sea capaz de contar que es lo que hay en su interior. E imagina ahora, que se te presenta la posibilidad de intentar entrar y averiguar qué es aquello tan preciado que debe haber dentro para que haya tal necesidad de protección y vigilancia. ¿Qué me dices? ¿Te atreves?

Yo me atreví, y como digo, imagina que se te da la oportunidad, porque aunque desearas con todas tus fuerzas encontrarlo, nunca lo hallarías, pues es el lugar el que te encuentra a ti. Y cuando lo hace, todo cuanto hubieras imaginado sobre el lugar sería erróneo. Yo pensé que me toparía con toda una fortaleza, un auténtico castillo, con altos muros de piedra tras un profundo foso infestado de cocodrilos hambrientos. Pensé que repartidos por toda la muralla, todo un regimiento de arqueros defendía sin descanso todo el perímetro del castillo. E incluso pensé que tras las enormes puertas de entrada a la fortaleza me esperaba un numeroso ejército de hombres armados, dispuestos a dar su vida por asegurar que nada ni nadie entre jamás. ¿Y qué fue lo que me encontré? Una casita. Una casita con una puerta y una alfombrilla donde ponía “Bienvenido ¿Quieres pasar?” ¿Cómo era aquello posible?
Sospechaba que tenía que haber alguna trampa. Que no podía ser tan fácil. No obstante, con mucho cuidado, fui midiendo mis pasos y me acerqué poco a poco a la puerta. Extendí mi mano, agarré el pomo, y abrí la puerta lentamente. La habitación que había al otro lado estaba totalmente a oscuras. En ese momento dudé. ¿Merecía la pena correr el riesgo? ¿Por qué no seguir con mi vida y dejarlo pasar? Pero no, la curiosidad me mataba por dentro, así que fui decisivo, entré y cerré la puerta de golpe. Nada más hacerlo, la oscuridad se esfumó.

De repente, ya no estaba en una habitación, sino al aire libre. A mi espalda seguía estando la puerta, pero nada más. Podía volver sobre mis pasos cuando quisiera. Aún estaba a tiempo. Más cuando me vi rodeado por un foso bastante considerable. Sin embargo, mi orgullo me lo impedía. La única manera de avanzar era sobrepasando el agujero, pero sabía que físicamente no era capaz de saltarlo. ¿Qué debía hacer? Como empujado por alguna especie de fuerza interior, cogí carrerilla y salté. No sabía muy bien cómo, pero llegué al otro extremo del barranco. Tan sólo tuve fe en que lo conseguiría.

A lo lejos, pude distinguir una especie de instalación. Me apresuré y a escasos metros de distancia, me percaté de que era un edificio de dos plantas rodeado por una reja electrificada, vigilado por cámaras de seguridad y un guardia armado en la puerta principal. Estaba claro que ahí dentro estaba aquello que tanto valor tenía. Ya quedaba poco, sólo tenía que encontrar la manera de burlar todo ese sistema de seguridad. Pensé en toda la gente que habría llegado hasta aquí y se dio media vuelta. O la gente que lo intentó, y no lo consiguió. Y no estaba dispuesto a perder de ninguna de las dos formas. Pensé, que habría algo que ninguna otra persona había intentado. Así que me dirigí hacia la entrada con decisión y paso firme. Acto seguido, el guardia exclamó con desprecio: “¿Quién eres y que quieres?” Con toda tranquilidad y sinceridad contesté: “Soy alguien que quiere saber qué es lo que hay dentro que es tan preciado, ¿Puedo pasar?” El guardia, sin mediar palabra, me abrió la puerta y me invitó a pasar.

Nada más entrar, el guardia cerró la puerta tras de mí. Ahora, me encontraba en una pequeña habitación y
en el centro de la misma, había como una pequeña cúpula formada por varias barreras transparentes que protegían algo en su interior. Sin embargo, no se podía distinguir qué era. Examiné la cúpula y toda la habitación de arriba abajo y no encontraba ninguna manera de deshacerme de aquellas barreras. Estaba a punto de darme por vencido. Pero de nuevo, no podía terminar así. Había llegado más lejos que nadie. Tenía que averiguar la forma de conseguir traspasar esas barreras. Me senté a meditar y a pensar alguna solución. Al cabo de cinco minutos, automáticamente, una de las barreras se abrió. ¿Cómo lo hice? Seguí sentado, intentado dar con la clave, pero nada. Entonces, otra de las barreras se abrió. Empecé a entender que era cuestión de tiempo, y que si tenía la paciencia suficiente, todas las barreras se abrirían. Y así fue. Finalmente, después de varios días y semanas allí encerrado, lo conseguí. Me acerqué a la cúpula, ya abierta, y al fondo… encontré un espejo. Lo cogí y me miré en él. Por más que lo miraba tan sólo veía mi reflejo. ¿Qué clase de broma pesada era ésta?

Pues… la verdad, es que no era ninguna broma. Encontrarme con aquel lugar misterioso era lo mejor que me había pasado en la vida. Y no es el único lugar que existe. Hay millones y millones de lugares por todo el planeta. Cada uno de nosotros somos uno de esos lugares, especiales e irrepetibles. Cada uno de nosotros posee sus propias pruebas que otras personas han de pasar para llegar hasta quienes realmente somos. Y sinceramente, esas pruebas son tan duras como lo exigentes que queramos ser con los demás. Cada uno establece sus normas y sus límites. Y yo, me topé con una persona que me pedía que fuera decisivo y que tuviera fe en ella, así como que fuera sincero y paciente. Y como prueba final, que dejara de mostrar mi fachada, mi disfraz, mi reflejo…. Debía dejar de verme reflejado en el espejo, para lo cual era necesario que me diera a conocer como era realmente. Sólo entonces, fui capaz de verla como era ella. Llegar hasta ahí no fue fácil, y me llevó mucho tiempo, pero mereció la pena.

Por lo general, nadie confía plenamente en otra persona, y para que eso sea posible, esa persona debe demostrarle que es de confianza pasando satisfactoriamente las pruebas correspondientes. Y es que la confianza es difícil de conseguir, aunque más complicado es recuperarla después de haberla perdido. Es algo que hay que cuidar. Es algo por lo que hay que luchar. Así que dime, ¿estás dispuesto a luchar? ¿Si te encuentras con un lugar de éstos, intentarías descubrir qué hay dentro? ¿Correrías el riesgo? Espero que sí. Es algo que jamás olvidarás.