Todos los días ella salía al campo en busca de rosas. Paseaba alegremente entre aquellos jardines salvajes con la esperanza de encontrar alguna.
Las había de todas las formas y colores. Unas más altas y otras más bajas. Con mayor o menor número de hojas. Con pétalos bonitos y pétalos feos... Y cuando encontraba una rosa que le gustaba y se disponía a cogerla, siempre se pinchaba con sus espinas.
A pesar de ello, no quiso dejar de intentarlo. Todos y cada uno de los días se recorría el campo de arriba a abajo buscando una rosa que le llamase la atención; y cada vez que daba con una, volvía a hacerse daño.
Tanto fue así, que llegó un momento en que abandonó su búsqueda, ya que estaba harta de que siempre volviese a su casa con heridas en las manos. De hecho, pensó que seguir intentándolo era una pérdida de tiempo, pues la experiencia le había enseñado que todas las rosas tenían espinas, por muy hermosas que pudieran parecer a primera vista.
De esta manera, la niña se dio por vencida. Se rindió, y nunca más volvió a buscar rosas. Tan sólo paseaba por el campo disfrutando del paisaje y de su vegetación.
No obstante, aunque cesó en su búsqueda, cierto día, no pudo evitar fijarse en una rosa de color rojo que destacaba en medio del camino. Era hermosa, diferente a cualquiera de las otras rosas con las que dio en su pasado.

Se acercó un poco, se agachó y la observó más de cerca. Era perfecta. La rosa que siempre había deseado. Sin embargo... no podía dejarse llevar por las emociones, pues había aprendido que siempre tenían espinas. A primera vista, no veía ninguna, pero no se fiaba.
Quizás el deseo la cegaba. O a lo mejor, es que sencillamente, no tenía espinas. No sabía qué hacer...
Unos dicen que la niña no se atrevió y que vivió el resto de su vida arrepintiéndose por no haberlo intentado. Y otros cuentan que la cogió, y que su ceguera le impidió ver las espinas que en realidad sí tenía.
Sin embargo, yo creo que aquella rosa era para ella. Que tuvo esa suerte de encontrar una rosa sin espinas, como la que se tiene con los tréboles de cuatro hojas. Es una suerte que todos tenemos alguna vez, pero que unos deciden no aprovechar y otros sí.
Generalmente, los que dejan pasar la oportunidad dicen que es imposible dar con una rosa sin espinas.
Pero los que deciden dar el paso, arriesgarse y saltar al vacío, descubren que a pesar de los miedos y las dificultades, aquel salto de fé, mereció la pena. Descubren que la magia realmente existe, y que sólo es posible si se cree en ella.
Las había de todas las formas y colores. Unas más altas y otras más bajas. Con mayor o menor número de hojas. Con pétalos bonitos y pétalos feos... Y cuando encontraba una rosa que le gustaba y se disponía a cogerla, siempre se pinchaba con sus espinas.
A pesar de ello, no quiso dejar de intentarlo. Todos y cada uno de los días se recorría el campo de arriba a abajo buscando una rosa que le llamase la atención; y cada vez que daba con una, volvía a hacerse daño.
Tanto fue así, que llegó un momento en que abandonó su búsqueda, ya que estaba harta de que siempre volviese a su casa con heridas en las manos. De hecho, pensó que seguir intentándolo era una pérdida de tiempo, pues la experiencia le había enseñado que todas las rosas tenían espinas, por muy hermosas que pudieran parecer a primera vista.
De esta manera, la niña se dio por vencida. Se rindió, y nunca más volvió a buscar rosas. Tan sólo paseaba por el campo disfrutando del paisaje y de su vegetación.
No obstante, aunque cesó en su búsqueda, cierto día, no pudo evitar fijarse en una rosa de color rojo que destacaba en medio del camino. Era hermosa, diferente a cualquiera de las otras rosas con las que dio en su pasado.

Se acercó un poco, se agachó y la observó más de cerca. Era perfecta. La rosa que siempre había deseado. Sin embargo... no podía dejarse llevar por las emociones, pues había aprendido que siempre tenían espinas. A primera vista, no veía ninguna, pero no se fiaba.
Quizás el deseo la cegaba. O a lo mejor, es que sencillamente, no tenía espinas. No sabía qué hacer...
Unos dicen que la niña no se atrevió y que vivió el resto de su vida arrepintiéndose por no haberlo intentado. Y otros cuentan que la cogió, y que su ceguera le impidió ver las espinas que en realidad sí tenía.
Sin embargo, yo creo que aquella rosa era para ella. Que tuvo esa suerte de encontrar una rosa sin espinas, como la que se tiene con los tréboles de cuatro hojas. Es una suerte que todos tenemos alguna vez, pero que unos deciden no aprovechar y otros sí.
Generalmente, los que dejan pasar la oportunidad dicen que es imposible dar con una rosa sin espinas.
Pero los que deciden dar el paso, arriesgarse y saltar al vacío, descubren que a pesar de los miedos y las dificultades, aquel salto de fé, mereció la pena. Descubren que la magia realmente existe, y que sólo es posible si se cree en ella.