Llovía sobre la gran ciudad de Sambra. Las calles estaban impregnadas de un inquietante silencio que tan sólo era roto por el sonido de la incesante lluvia y de algunos llantos descontrolados. Parecía como si el cielo fuera el reflejo de la catástrofe a la que acababa de asistir aquella ciudad. Las nubes conquistaban las alturas así como Sambra había sido invadida por el ejército del reino vecino. Las gotas que caían sobre la ciudad en ruinas simbolizaban las lágrimas que los supervivientes derramaban por la pérdida de sus casas y sus seres queridos.
Había sido una auténtica masacre. La piedad no existía en los corazones de los guerreros de Béltrond. El joven Narok no podía borrar de su mente la sangre derramada por todos sus camaradas, los gritos agónicos de dolor, la desesperación y la impotencia que sentía ante tal traición… Recordaba una y otra vez como le arrebataban a su pequeña hermana Dana de entre sus manos. Y no iba a olvidar jamás las caras de aquellos cerdos beltronianos que se la llevaron con miradas lujuriosas. Se le rompía el alma cada vez que imaginaba qué cosas estarían haciéndole. Y por cada una de las veces que pensaba en aquello, más odio alimentaba en su interior. Más y más grande se hacía su sed de venganza. Prefería mil veces ver a su hermana muerta antes que en manos de aquellos traidores. Era horrible…
El dolor que sentía en su pecho aumentaba por momentos, tanto por dentro como por fuera. La flecha que tenía clavada en su pectoral derecho comenzaba a hacer estragos, y no sabía si sería mejor quitársela o dejársela puesta para no desangrarse. Pero de lo que estaba totalmente seguro es de que como se quedara allí tirado sobre el suelo de su casa, no saldría vivo de ésta.
Con un tremendo esfuerzo, conteniendo como podía el dolor que sentía, fue capaz de levantarse. Dando tumbos consiguió quedarse de pie apoyándose con las manos sobre una mesa. Tragó saliva, cogió aire, y comenzó a andar torpemente hasta la puerta principal. La abrió y asomó la cabeza. Su pelo castaño quedó enseguida empapado por la lluvia. Dió un par de pasos y abandonó por completo su hogar.
Rescatando fuerzas de donde pensaba que ya no le quedaban, se puso a andar por la calle sin saber a dónde iba. Estaba mareado y confuso. La ropa mojada empezaba ya a pesarle demasiado, y el frío que sentía se hacía cada vez más intenso dificultando sus movimientos.
Finalmente cayó desolado sobre la acera rompiendo la flecha por la mitad. Todo invadido por la desesperación y el dolor de su herida, comenzó a gritar y llorar descontroladamente. Toda su vida se vio sumida a cenizas en una sola noche. Todo se había derrumbado… Las lágrimas se perdían entre las gotas de lluvia, así como su hermana había desaparecido de su vida. Cerró los ojos, y visualizó a aquellos mal nacidos. Tenía que sobrevivir para poder llevar a cabo su venganza. Era todo cuando le movía. Era lo que le mantenía todavía con vida. Pero… pero el dolor era más profundo por momentos. El mareo era insostenible y la vista se le empezó a nublar. Era el fin… “Adiós Dana… lo siento…”
- ¡Eh! ¿Está usted bien? – dijo una voz femenina con tono alarmante
Narok alzó la vista desde el suelo pero no distinguió más que una silueta.
- Dana, ¿eres tú?