- Hola de nuevo...
* Muy buenas.
- ¿Qué haces aquí?
* Vengo a prevenirte.
- ...
* ...
- Pues no quiero que estés aquí... ¡Vete!
* Sabes que no puedo hacerlo.
- ...
* Lo hago por ti.
- ¿Por mí?
* Sí. Por ti.
- ¡Por favor! ¡No me hagas reír! Yo no te quiero aquí y tú lo sabes muy bien.
* Ya sé que no te gusta mi compañía.
- ¿Entonces?
* ...
- ¿Por qué vienes?
* Porque es bueno recordarte los peligros a los que estás sometido.
- ¿Peligros? ¿Qué peligros?
* Los que te acechan todos los días.
- ...
* Eres demasiado bueno. Piensas que todo es bonito. Que todo es perfecto.
- ...
* Pues hazte a la idea de que eso no es así. ¡Al final algo saldrá mal!
- ¡No!
* ¡Sí!
- ¡¡¡No!!!
* ¡¡¡Sí!!!
- ¡¡¡¡He dicho que no!!!! ¡Ya está bien! ¡¡¡Vete!!!
* ¡¡No!! ¡No me voy a ir! ¡Tengo que abrirte los ojos!
- ¿Pero qué me estás contando?
* Como lo oyes. Terminarán pasando. Todos tus temores se harán realidad.
- ...
* ...
- ¿Sabes qué?
* ¿Qué?
- No te tengo miedo.
* ¿Cómo no vas a tenerme miedo?
- Como lo oyes.
* No puedes no temerme. Yo soy tus miedos. Soy quien te recuerda cada día lo que podría pasarte. Soy quien te frena antes de cometer un error.
- No.
* ...
- Tú no eres real. Eres imaginación.
* ...
- Y sí que me has frenado muchas veces, pero ya se ha acabado. Me he perdido muchas cosas por tu culpa. Me has hecho ser peor persona.
* Te he hecho ser precavido y cauteloso.
- No. Por tu culpa no disfruto. Por tu culpa me invento problemas donde no los hay. Por tu culpa desconfío. Por tu culpa no soy feliz...
* ...
- Me haces daño y no puedo seguir así. Te quiero lejos, muy lejos de aquí.
* Pero...
- Quiero continuar mi viaje sin tu compañía. Contigo el camino se me hace interminable.
* Sin mí no serás capaz de ver las trampas que te depararán a lo largo del sendero.
- No me importa.
* ...
- Caeré en esas trampas si hace falta, y saldré de ellas luego más fuerte. Más seguro de mí mismo. Con más confianza.
* ...
- Y así, a medida que avance en mi trayecto, seré más sabio y seré capaz de esquivar las trampas. De esta manera, disfrutaré más de mi viaje.
*...
- ...
* ...
- En cambio, si me dejo llevar por tus palabras, nunca alcanzaré los conocimientos suficientes para no caer en ellas. Seré un bobo, viendo peligros en todas partes. Viendo trampas donde no las hay.
* Así no te harías daño. No tendrías por que pasar por la mala experiencia de verte atrapado en una.
- Pero no avanzaría. Nunca llegaría al final del camino. Nunca alcanzaría mis sueños.
*...
- Por favor, vete.
* ...
- ...
* Está bien... Tú sabrás lo que haces...
- Gracias.
* ...
- ...
* Adiós
- Adiós
14 noviembre 2010
06 octubre 2010
El diamante de Forgoth
Capítulo 1. Sumido a cenizas
Llovía sobre la gran ciudad de Sambra. Las calles estaban impregnadas de un inquietante silencio que tan sólo era roto por el sonido de la incesante lluvia y de algunos llantos descontrolados. Parecía como si el cielo fuera el reflejo de la catástrofe a la que acababa de asistir aquella ciudad. Las nubes conquistaban las alturas así como Sambra había sido invadida por el ejército del reino vecino. Las gotas que caían sobre la ciudad en ruinas simbolizaban las lágrimas que los supervivientes derramaban por la pérdida de sus casas y sus seres queridos.
Había sido una auténtica masacre. La piedad no existía en los corazones de los guerreros de Béltrond. El joven Narok no podía borrar de su mente la sangre derramada por todos sus camaradas, los gritos agónicos de dolor, la desesperación y la impotencia que sentía ante tal traición… Recordaba una y otra vez como le arrebataban a su pequeña hermana Dana de entre sus manos. Y no iba a olvidar jamás las caras de aquellos cerdos beltronianos que se la llevaron con miradas lujuriosas. Se le rompía el alma cada vez que imaginaba qué cosas estarían haciéndole. Y por cada una de las veces que pensaba en aquello, más odio alimentaba en su interior. Más y más grande se hacía su sed de venganza. Prefería mil veces ver a su hermana muerta antes que en manos de aquellos traidores. Era horrible…
El dolor que sentía en su pecho aumentaba por momentos, tanto por dentro como por fuera. La flecha que tenía clavada en su pectoral derecho comenzaba a hacer estragos, y no sabía si sería mejor quitársela o dejársela puesta para no desangrarse. Pero de lo que estaba totalmente seguro es de que como se quedara allí tirado sobre el suelo de su casa, no saldría vivo de ésta.
Con un tremendo esfuerzo, conteniendo como podía el dolor que sentía, fue capaz de levantarse. Dando tumbos consiguió quedarse de pie apoyándose con las manos sobre una mesa. Tragó saliva, cogió aire, y comenzó a andar torpemente hasta la puerta principal. La abrió y asomó la cabeza. Su pelo castaño quedó enseguida empapado por la lluvia. Dió un par de pasos y abandonó por completo su hogar.
Rescatando fuerzas de donde pensaba que ya no le quedaban, se puso a andar por la calle sin saber a dónde iba. Estaba mareado y confuso. La ropa mojada empezaba ya a pesarle demasiado, y el frío que sentía se hacía cada vez más intenso dificultando sus movimientos.
Finalmente cayó desolado sobre la acera rompiendo la flecha por la mitad. Todo invadido por la desesperación y el dolor de su herida, comenzó a gritar y llorar descontroladamente. Toda su vida se vio sumida a cenizas en una sola noche. Todo se había derrumbado… Las lágrimas se perdían entre las gotas de lluvia, así como su hermana había desaparecido de su vida. Cerró los ojos, y visualizó a aquellos mal nacidos. Tenía que sobrevivir para poder llevar a cabo su venganza. Era todo cuando le movía. Era lo que le mantenía todavía con vida. Pero… pero el dolor era más profundo por momentos. El mareo era insostenible y la vista se le empezó a nublar. Era el fin… “Adiós Dana… lo siento…”
- ¡Eh! ¿Está usted bien? – dijo una voz femenina con tono alarmante
Narok alzó la vista desde el suelo pero no distinguió más que una silueta.
- Dana, ¿eres tú?
01 septiembre 2010
Carta de un viejo amigo
Querido Fran,
¡A por todas!
Atentamente,
Tú Corazón.
¿Cómo estás? Hacía mucho que no te escribía. Siento haberte tenido olvidado durante los últimos dos años, pero es que necesitaba tiempo para reponerme. Tú bien sabes que no se habían portado muy bien conmigo últimamente, aunque ya me sentía bien hace seis o siete meses, lo que pasa es que tenía miedo. No quería volver a sentirme roto.
Sin embargo eso es agua pasada. Ya lo tengo más superado y creo que es el momento de que vuelvas a tener noticias de mí. Para empezar, tengo que decir que si no fuera por esa chiquilla que ha aparecido en tu vida, yo no habría sido capaz de unir las fuerzas suficientes para aparecer de nuevo. Ella es tremendamente especial y supongo que tú mismo ya te habrás dado cuenta, pero aún así te lo hago saber.
Desde que estás con ella, me siento rejuvenecido, con ganas de dar lo mejor de mí otra vez. Es más, quiero conocerla. De verdad. He perdido el miedo. Estoy dispuesto a todo. Me da igual si sale mal y termino de nuevo hecho pedazos, porque siento que esa chica es única. Sería capaz, incluso, de quedarme con ella indefinidamente si así tú lo deseas. Puedes regalarme. Creo que es la elegida. Es el momento. Te acompañaré en éste salto de fe. Tengo el presentimiento de que saldrá bien.
Sin embargo eso es agua pasada. Ya lo tengo más superado y creo que es el momento de que vuelvas a tener noticias de mí. Para empezar, tengo que decir que si no fuera por esa chiquilla que ha aparecido en tu vida, yo no habría sido capaz de unir las fuerzas suficientes para aparecer de nuevo. Ella es tremendamente especial y supongo que tú mismo ya te habrás dado cuenta, pero aún así te lo hago saber.
Desde que estás con ella, me siento rejuvenecido, con ganas de dar lo mejor de mí otra vez. Es más, quiero conocerla. De verdad. He perdido el miedo. Estoy dispuesto a todo. Me da igual si sale mal y termino de nuevo hecho pedazos, porque siento que esa chica es única. Sería capaz, incluso, de quedarme con ella indefinidamente si así tú lo deseas. Puedes regalarme. Creo que es la elegida. Es el momento. Te acompañaré en éste salto de fe. Tengo el presentimiento de que saldrá bien.
¡A por todas!
Atentamente,
Tú Corazón.
10 agosto 2010
Una rosa sin espinas
Todos los días ella salía al campo en busca de rosas. Paseaba alegremente entre aquellos jardines salvajes con la esperanza de encontrar alguna.
Las había de todas las formas y colores. Unas más altas y otras más bajas. Con mayor o menor número de hojas. Con pétalos bonitos y pétalos feos... Y cuando encontraba una rosa que le gustaba y se disponía a cogerla, siempre se pinchaba con sus espinas.
A pesar de ello, no quiso dejar de intentarlo. Todos y cada uno de los días se recorría el campo de arriba a abajo buscando una rosa que le llamase la atención; y cada vez que daba con una, volvía a hacerse daño.
Tanto fue así, que llegó un momento en que abandonó su búsqueda, ya que estaba harta de que siempre volviese a su casa con heridas en las manos. De hecho, pensó que seguir intentándolo era una pérdida de tiempo, pues la experiencia le había enseñado que todas las rosas tenían espinas, por muy hermosas que pudieran parecer a primera vista.
De esta manera, la niña se dio por vencida. Se rindió, y nunca más volvió a buscar rosas. Tan sólo paseaba por el campo disfrutando del paisaje y de su vegetación.
No obstante, aunque cesó en su búsqueda, cierto día, no pudo evitar fijarse en una rosa de color rojo que destacaba en medio del camino. Era hermosa, diferente a cualquiera de las otras rosas con las que dio en su pasado.

Se acercó un poco, se agachó y la observó más de cerca. Era perfecta. La rosa que siempre había deseado. Sin embargo... no podía dejarse llevar por las emociones, pues había aprendido que siempre tenían espinas. A primera vista, no veía ninguna, pero no se fiaba.
Quizás el deseo la cegaba. O a lo mejor, es que sencillamente, no tenía espinas. No sabía qué hacer...
Unos dicen que la niña no se atrevió y que vivió el resto de su vida arrepintiéndose por no haberlo intentado. Y otros cuentan que la cogió, y que su ceguera le impidió ver las espinas que en realidad sí tenía.
Sin embargo, yo creo que aquella rosa era para ella. Que tuvo esa suerte de encontrar una rosa sin espinas, como la que se tiene con los tréboles de cuatro hojas. Es una suerte que todos tenemos alguna vez, pero que unos deciden no aprovechar y otros sí.
Generalmente, los que dejan pasar la oportunidad dicen que es imposible dar con una rosa sin espinas.
Pero los que deciden dar el paso, arriesgarse y saltar al vacío, descubren que a pesar de los miedos y las dificultades, aquel salto de fé, mereció la pena. Descubren que la magia realmente existe, y que sólo es posible si se cree en ella.
Las había de todas las formas y colores. Unas más altas y otras más bajas. Con mayor o menor número de hojas. Con pétalos bonitos y pétalos feos... Y cuando encontraba una rosa que le gustaba y se disponía a cogerla, siempre se pinchaba con sus espinas.
A pesar de ello, no quiso dejar de intentarlo. Todos y cada uno de los días se recorría el campo de arriba a abajo buscando una rosa que le llamase la atención; y cada vez que daba con una, volvía a hacerse daño.
Tanto fue así, que llegó un momento en que abandonó su búsqueda, ya que estaba harta de que siempre volviese a su casa con heridas en las manos. De hecho, pensó que seguir intentándolo era una pérdida de tiempo, pues la experiencia le había enseñado que todas las rosas tenían espinas, por muy hermosas que pudieran parecer a primera vista.
De esta manera, la niña se dio por vencida. Se rindió, y nunca más volvió a buscar rosas. Tan sólo paseaba por el campo disfrutando del paisaje y de su vegetación.
No obstante, aunque cesó en su búsqueda, cierto día, no pudo evitar fijarse en una rosa de color rojo que destacaba en medio del camino. Era hermosa, diferente a cualquiera de las otras rosas con las que dio en su pasado.

Se acercó un poco, se agachó y la observó más de cerca. Era perfecta. La rosa que siempre había deseado. Sin embargo... no podía dejarse llevar por las emociones, pues había aprendido que siempre tenían espinas. A primera vista, no veía ninguna, pero no se fiaba.
Quizás el deseo la cegaba. O a lo mejor, es que sencillamente, no tenía espinas. No sabía qué hacer...
Unos dicen que la niña no se atrevió y que vivió el resto de su vida arrepintiéndose por no haberlo intentado. Y otros cuentan que la cogió, y que su ceguera le impidió ver las espinas que en realidad sí tenía.
Sin embargo, yo creo que aquella rosa era para ella. Que tuvo esa suerte de encontrar una rosa sin espinas, como la que se tiene con los tréboles de cuatro hojas. Es una suerte que todos tenemos alguna vez, pero que unos deciden no aprovechar y otros sí.
Generalmente, los que dejan pasar la oportunidad dicen que es imposible dar con una rosa sin espinas.
Pero los que deciden dar el paso, arriesgarse y saltar al vacío, descubren que a pesar de los miedos y las dificultades, aquel salto de fé, mereció la pena. Descubren que la magia realmente existe, y que sólo es posible si se cree en ella.
04 julio 2010
La pieza
Hace tiempo siempre soñaba el mismo sueño.
Un sueño que siempre terminaba igual.
Un puzle enorme aparecía sobre la pared
y sólo quedaba una pieza por colocar.
Pero no tenía ninguna pieza más.
Ya todas se habían acabado
Y no lo podía completar.
No con las que tenía a mano.
Necesitaba la pieza de otro puzle.
De otro que fuera compatible.
¿Pero dónde encontraría tal puzle?
Era completamente imposible.
Entonces me despertaba,
Y veía que todo seguía igual.
Siempre que me ilusionaba
descubría que nada iba a cambiar.
Qué seguiría con mi puzle incompleto
Y que me faltaría esa pieza en mi interior,
Y que por mucho que lo intentara
seguiría perdido en la desilusión.
Me preguntaba dónde estabas escondida
Cómo te podía encontrar,
Cuándo aparecerías en mi vida,
Cuánto más tenía que esperar.
Y ahora estoy en condiciones
de poder contestar.
Ya que por fin el sueño
tuvo un buen final.
Apareciste junto a mí,
observando mi puzle sobre la pared
y enseguida me dijiste
"Sé que pieza te falta por poner"
Y entonces despierto
viendo que todo ha cambiado.
Gracias a tu pieza
mi puzle está acabado.
Y es que ahora cuando despierto,
me siento muy afortunado.
Porque ahora cuando despierto...
... descubro que estás a mi lado.
Un sueño que siempre terminaba igual.
Un puzle enorme aparecía sobre la pared
y sólo quedaba una pieza por colocar.
Pero no tenía ninguna pieza más.
Ya todas se habían acabado
Y no lo podía completar.
No con las que tenía a mano.
Necesitaba la pieza de otro puzle.
De otro que fuera compatible.
¿Pero dónde encontraría tal puzle?
Era completamente imposible.
Entonces me despertaba,
Y veía que todo seguía igual.
Siempre que me ilusionaba
descubría que nada iba a cambiar.
Qué seguiría con mi puzle incompleto
Y que me faltaría esa pieza en mi interior,
Y que por mucho que lo intentara
seguiría perdido en la desilusión.
Me preguntaba dónde estabas escondida
Cómo te podía encontrar,
Cuándo aparecerías en mi vida,
Cuánto más tenía que esperar.
Y ahora estoy en condiciones
de poder contestar.
Ya que por fin el sueño
tuvo un buen final.
Apareciste junto a mí,
observando mi puzle sobre la pared
y enseguida me dijiste
"Sé que pieza te falta por poner"
Y entonces despierto
viendo que todo ha cambiado.
Gracias a tu pieza
mi puzle está acabado.
Y es que ahora cuando despierto,
me siento muy afortunado.
Porque ahora cuando despierto...
... descubro que estás a mi lado.
21 mayo 2010
Elección correcta
¡¡Sorpresa!! ¡Un capítulo interesante! Después de tanto leer y leer episodios aburridos del libro de mi vida, por fin surge un cambio drástico en el transcurso de la historia. Sabía que era cuestión de paciencia. Sabía que el momento estaba por llegar. Y en efecto, llegó.
Después de recorrer durante mucho tiempo el laberinto de la desilusión, parecía que el protagonista había encontrado el camino que le llevaría hacia la salida. El problema era que el miedo le rodeaba y le controlaba. Le impedía avanzar. Sus pies estaban anclados, hundidos en la arena. Se sentía pesado, y por tanto incapaz de afrontar el sendero que tenía por delante. Fue entonces, cuando inesperadamente, una voz femenina sonó tras él:
Después de recorrer durante mucho tiempo el laberinto de la desilusión, parecía que el protagonista había encontrado el camino que le llevaría hacia la salida. El problema era que el miedo le rodeaba y le controlaba. Le impedía avanzar. Sus pies estaban anclados, hundidos en la arena. Se sentía pesado, y por tanto incapaz de afrontar el sendero que tenía por delante. Fue entonces, cuando inesperadamente, una voz femenina sonó tras él:
- ¡Hola!
- ¿Qué haces aquí parado?
No sabía qué responder. Para empezar no sabía ni quién era.
* ¿Quién eres?
- ¿Por qué no sacas tus pies de la arena?
* ... Porque no puedo. Si fuera capaz, ya lo habría hecho.
- ¿Y por qué no puedes?
* ....
- ...
* En serio, ¿quién eres?
- Quién sea, ahora mismo, es lo de menos. Primero necesitas desenterrar tus pies.
* ¿Y cómo lo hago?
- No lo sé. La manera de conseguirlo dependerá de cuál sea la causa por la que estés atrapado.
* Ni yo mismo lo sé.
- ¿Seguro?
* Seguro...
- ...
*... Bueno... en realidad sí lo sé. Pero no quiero aceptarlo.
- ¿Y bien?
* Pues... tengo miedo.
- ¡Miedo!
* Sí... miedo.
- ....
* ¿Qué puedo hacer?
- Creía que tú ya lo sabías. Que conocías el secreto de los miedos, y que sólo era cuestión de buscar en tu cabeza la llave que consiguiera liberarte de tus cadenas.
* Exacto... Pero... no puedo.
- ... ¿Por qué?
* Porque no tengo cadenas.
- ...
* Como ya has comprobado, el problema es que tengo mis pies anclados en la tierra.
- ¿Y eso?
* ¿Cómo que "y eso"?
- Que a qué se debe. A qué tienes miedo.
* ...
- ...
* ... Pues... Temo que este camino que estoy a punto de tomar, no sea realmente el adecuado.
- ...
* ¿Y si me equivoco? Puedo escoger este camino y descubrir que no tiene salida, como todos los demás en los que ya he estado. Ya sé que es parte de mi aprendizaje, de mi madurez. Pero estoy cansado. Probablemente se me ha acabado la paciencia y quiero que éste sea el camino definitivo. El que me lleve a la salida. Pero no soy capaz. Tengo miedo. Por más que busco y busco, no encuentro la solución.
- ...
* ....
- ¿Has pensado que quizás no tengas que hacer todo tú sólo?
* ...
- A veces, se necesita ayuda.
* No sé...
- Liberarte de las cadenas era algo que tú podías hacer por tu cuenta. Pero en esta ocasión, el miedo que sientes no es un miedo que puedas superar por tí mismo. Necesitas el apoyo y la confianza de otra persona.
* ¿De quién?
- De mí.
* ...
- ....
* ¿De ti? Pero si ni te conozco.
- En realidad... un poco sí que me conoces.
* ¿Ah sí? Pues a ver, dime: ¿Quién eres?
- Mmmm... Digamos que soy la única persona que puede desenterrar tus piernas. Soy la ayuda que necesitas. Soy... la dueña de este camino que has elegido, y por tanto, tengo control sobre las arenas que conforman su recorrido.
* ¿¡Puedes entonces liberarme!?
- Puedo ayudarte a conseguirlo. Tú también tienes que poner de tu parte. Tienes que enfrentar tus temores.
* Está bien. Lo haré.
- ¿Preparado?
* ¡¡Preparado!!
Con un poco de esfuerzo, las arenas se desplazaron bajo sus pies y los dejaron libres. Rápidamente, se dio la vuelta para poder ver, por fin, a la persona que le había ayudado en su lucha por sus miedos. Sin embargo, descubrió que no había nadie. En su lugar, encontró en el suelo una pieza de un puzle. Se quedó extrañado. ¿Qué significaba esto? ¿Estuvo hablando con un trozo de cartón todo el tiempo? No, no. No podía ser. Había notado una mano en su espalda, así que tenía que tratarse de una persona de carne y hueso.
En cualquier caso, se agachó y cogió la pieza. Era amarilla por un lado. Y por el otro, por su dorso, era blanca con unas pequeñas letras escritas a mano. Se podía leer una frase:

Atónito, giró su cabeza, pero no vio a nadie. De repente, sintió como una mano tocaba su espalda. La sensación fue muy agradable.
- ¿Qué haces aquí parado?
No sabía qué responder. Para empezar no sabía ni quién era.
* ¿Quién eres?
- ¿Por qué no sacas tus pies de la arena?
* ... Porque no puedo. Si fuera capaz, ya lo habría hecho.
- ¿Y por qué no puedes?
* ....
- ...
* En serio, ¿quién eres?
- Quién sea, ahora mismo, es lo de menos. Primero necesitas desenterrar tus pies.
* ¿Y cómo lo hago?
- No lo sé. La manera de conseguirlo dependerá de cuál sea la causa por la que estés atrapado.
* Ni yo mismo lo sé.
- ¿Seguro?
* Seguro...
- ...
*... Bueno... en realidad sí lo sé. Pero no quiero aceptarlo.
- ¿Y bien?
* Pues... tengo miedo.
- ¡Miedo!
* Sí... miedo.
- ....
* ¿Qué puedo hacer?
- Creía que tú ya lo sabías. Que conocías el secreto de los miedos, y que sólo era cuestión de buscar en tu cabeza la llave que consiguiera liberarte de tus cadenas.
* Exacto... Pero... no puedo.
- ... ¿Por qué?
* Porque no tengo cadenas.
- ...
* Como ya has comprobado, el problema es que tengo mis pies anclados en la tierra.
- ¿Y eso?
* ¿Cómo que "y eso"?
- Que a qué se debe. A qué tienes miedo.
* ...
- ...
* ... Pues... Temo que este camino que estoy a punto de tomar, no sea realmente el adecuado.
- ...
* ¿Y si me equivoco? Puedo escoger este camino y descubrir que no tiene salida, como todos los demás en los que ya he estado. Ya sé que es parte de mi aprendizaje, de mi madurez. Pero estoy cansado. Probablemente se me ha acabado la paciencia y quiero que éste sea el camino definitivo. El que me lleve a la salida. Pero no soy capaz. Tengo miedo. Por más que busco y busco, no encuentro la solución.
- ...
* ....
- ¿Has pensado que quizás no tengas que hacer todo tú sólo?
* ...
- A veces, se necesita ayuda.
* No sé...
- Liberarte de las cadenas era algo que tú podías hacer por tu cuenta. Pero en esta ocasión, el miedo que sientes no es un miedo que puedas superar por tí mismo. Necesitas el apoyo y la confianza de otra persona.
* ¿De quién?
- De mí.
* ...
- ....
* ¿De ti? Pero si ni te conozco.
- En realidad... un poco sí que me conoces.
* ¿Ah sí? Pues a ver, dime: ¿Quién eres?
- Mmmm... Digamos que soy la única persona que puede desenterrar tus piernas. Soy la ayuda que necesitas. Soy... la dueña de este camino que has elegido, y por tanto, tengo control sobre las arenas que conforman su recorrido.
* ¿¡Puedes entonces liberarme!?
- Puedo ayudarte a conseguirlo. Tú también tienes que poner de tu parte. Tienes que enfrentar tus temores.
* Está bien. Lo haré.
- ¿Preparado?
* ¡¡Preparado!!
Con un poco de esfuerzo, las arenas se desplazaron bajo sus pies y los dejaron libres. Rápidamente, se dio la vuelta para poder ver, por fin, a la persona que le había ayudado en su lucha por sus miedos. Sin embargo, descubrió que no había nadie. En su lugar, encontró en el suelo una pieza de un puzle. Se quedó extrañado. ¿Qué significaba esto? ¿Estuvo hablando con un trozo de cartón todo el tiempo? No, no. No podía ser. Había notado una mano en su espalda, así que tenía que tratarse de una persona de carne y hueso.
En cualquier caso, se agachó y cogió la pieza. Era amarilla por un lado. Y por el otro, por su dorso, era blanca con unas pequeñas letras escritas a mano. Se podía leer una frase:
<< ¿Necesitas completar tu puzzle interior?
Aquí tienes una pieza del mío >>
Aquí tienes una pieza del mío >>

Cerré el libro y contemplé la pieza sobre el escritorio. ¿Encajarán todas sus piezas en mi puzle? ¿Y las mías en el suyo? Quién sabe.
Cogí la pieza y... probé suerte...
¡¡Sorpresa!! ¡¡¡Encaja!!!
Cogí la pieza y... probé suerte...
¡¡Sorpresa!! ¡¡¡Encaja!!!
13 abril 2010
La llave de nuestros miedos
¿Has experimentado alguna vez ese nerviosismo? ¿Ese temblor que recorre todo tu cuerpo y paraliza todo tus sentidos? ¿Esa incapacidad para reaccionar y actuar coherentemente? ¿Has perdido el control de tus movimientos hasta el punto en el que te cuesta incluso hablar correctamente? ¿Has sentido, en definitiva, miedo?
Seguramente será algo que consideres normal y cotidiano. Pensarás en el miedo como en algo que forma parte de tu vida, porque, de hecho, está siempre presente. Hasta tal punto que lo aceptas y ni siquiera te percatas de que lo que sientes en un momento determinado es ese temor que no te deja actuar libremente. Y es que crees que eres dueño de tus decisiones.... y NO es así. Todo cuanto eliges hacer ha sido condicionado por el miedo. ¿Miedo al fracaso? ¿Al ridículo? ¿Quizás a la soledad? ¿O simplemente miedo al cambio?

Existen temores de todas las clases, aunque todos están relacionados entre sí. Todos parten de una misma raíz: nuestra mente. El cerebro humano es el culpable de todo. O mejor dicho, la culpa la tiene un mal uso de nuestra capacidad para imaginar. Pues el miedo no es más que eso, un invento creado por nuestra imaginación. Empezamos a pensar que algo va a salir mal y nos echamos atrás. ¿Por qué, si ni siquiera ha ocurrido aún?
¿Así que para qué? ¿Para qué ponerse a imaginar que las cosas no nos van a ir bien? Una cosa es ser precavido y otra muy diferente es dejarse llevar por nuestros temores. Eso no puede ser. Los deseos, los sueños y las metas que tengamos están ahí, guardadas en una caja fuerte, y lo único que nos impide abrirla y luchar por ellos es ese candado: el miedo. Sólo necesitamos la llave que nos permita deshacernos de nuestro temores, y al menos, ya sabemos donde está: en ese cajón que tenemos por mente. La clave está en comprender que todo es fruto de nuestra imaginación.
Aprender a usar en nuestro favor esa capacidad con la que nos brinda nuestro cerebro es el secreto para triunfar. Tan solo busca por tu cajón. Insiste y no pares jamás. Con paciencia encontrarás la llave y entonces, serás libre. Las cadenas de tus miedos desaparecerán y conseguirás abrir esa caja fuerte. Tus deseos y tus metas estarán a tu alcance. Tus sueños podrán, por fin, hacerse realidad.

Existen temores de todas las clases, aunque todos están relacionados entre sí. Todos parten de una misma raíz: nuestra mente. El cerebro humano es el culpable de todo. O mejor dicho, la culpa la tiene un mal uso de nuestra capacidad para imaginar. Pues el miedo no es más que eso, un invento creado por nuestra imaginación. Empezamos a pensar que algo va a salir mal y nos echamos atrás. ¿Por qué, si ni siquiera ha ocurrido aún?
¿Así que para qué? ¿Para qué ponerse a imaginar que las cosas no nos van a ir bien? Una cosa es ser precavido y otra muy diferente es dejarse llevar por nuestros temores. Eso no puede ser. Los deseos, los sueños y las metas que tengamos están ahí, guardadas en una caja fuerte, y lo único que nos impide abrirla y luchar por ellos es ese candado: el miedo. Sólo necesitamos la llave que nos permita deshacernos de nuestro temores, y al menos, ya sabemos donde está: en ese cajón que tenemos por mente. La clave está en comprender que todo es fruto de nuestra imaginación.
Aprender a usar en nuestro favor esa capacidad con la que nos brinda nuestro cerebro es el secreto para triunfar. Tan solo busca por tu cajón. Insiste y no pares jamás. Con paciencia encontrarás la llave y entonces, serás libre. Las cadenas de tus miedos desaparecerán y conseguirás abrir esa caja fuerte. Tus deseos y tus metas estarán a tu alcance. Tus sueños podrán, por fin, hacerse realidad.
05 abril 2010
¡¡Salta!!
* ¡Salta!
- ...
* ¡Vamos! ¡¡Salta!!
- No estoy segura...
* ¿Por qué?
- No lo sé.
* ¿Cómo que no lo sabes?
- ...
* Tienes que saberlo. ¿Quién sino?
- Te digo que no lo sé. Supongo que tengo miedo...
* Miedo a qué
- No sé. Miedo.
* Pues no lo tengas, porque no es para tanto. Sólo salta.
- ¿Y si me hago daño?
* Yo ya he saltado, y como ves, no me ha pasado nada.
- Pero...
* De verdad, desde ahí arriba parecía más alto de lo que en realidad es.
- No sé...
* ¿No me crees? Sólo tienes que saltar. Es sencillo.
- Lo siento, pero no me decido.
* No puedes andar con dudas eternamente. Sé que pensarás que para qué saltar, con lo bien que estás allí arriba. ¿Para qué arriesgarse?
- Ya... ¿porque qué pasa si salto y salgo herida?
* ¿Pero y si no?
- ...
* ...
- No sé. Creo que no voy a saltar.
*...
- Lo siento, de verdad.
* ¿Me vas a dejar aquí solo?
- Lo siento...
* ¿Lo sientes? Me he arriesgado. He saltado. No me ha pasado nada. ¿Es qué no lo ves?
- ...
* ¿Me vas a hacer esto después de haber confiado en qué funcionaría? Pensé que lo tenías claro. Por eso yo no tuve ninguna duda.
- Perdona si te hice pensar eso... No era mi intención.
* ...
- Quizás deberías haber esperado a que yo saltara primero.
* Supongo que lo lógico habría sido pegar el salto a la vez. Los dos juntos.
- Sí...
* En fin... ¿y ahora qué? ¿Cómo voy a subir?
- ...
* ¿De dónde voy a sacar las fuerzas para escalar hasta donde tú estás?
- Pues... probablemente no puedas volver aquí arriba conmigo...
* ¿Cómo?
- No sé...
* ¿No sabes? Tú nunca sabes.
- Lo siento... de verdad....
* ...
- ...
* Bueno, entonces supongo que tendré que buscar a alguna otra persona por aquí abajo.
- Supongo...
* Entonces... ¿esto es un adiós?
- ... No sé
* Ya... Nunca se sabe...
- Lo siento... de nuevo
* No lo sientas. En cualquier caso, no estoy arrepentido.
- ¿No?
* No.
- Pero si no hubieras saltado, todo iría sobre ruedas.
* ... Yo siempre saltaré cuando creo que merece la pena. No pienso quedarme paralizado por el miedo. A veces seré acompañado en el salto y a veces no. Podré tener o no suerte pero no voy a echarme atrás por un fracaso.
- Ya...
* Así que nada. Continuaré con mi vida. Mucha suerte.
- Igualmente.
* ¡Adiós!
- .... chao......
- ...
* ¡Vamos! ¡¡Salta!!
- No estoy segura...
* ¿Por qué?
- No lo sé.
* ¿Cómo que no lo sabes?
- ...
* Tienes que saberlo. ¿Quién sino?
- Te digo que no lo sé. Supongo que tengo miedo...
* Miedo a qué
- No sé. Miedo.
* Pues no lo tengas, porque no es para tanto. Sólo salta.
- ¿Y si me hago daño?
* Yo ya he saltado, y como ves, no me ha pasado nada.
- Pero...
* De verdad, desde ahí arriba parecía más alto de lo que en realidad es.
- No sé...
* ¿No me crees? Sólo tienes que saltar. Es sencillo.
- Lo siento, pero no me decido.
* No puedes andar con dudas eternamente. Sé que pensarás que para qué saltar, con lo bien que estás allí arriba. ¿Para qué arriesgarse?
- Ya... ¿porque qué pasa si salto y salgo herida?
* ¿Pero y si no?
- ...
* ...
- No sé. Creo que no voy a saltar.
*...
- Lo siento, de verdad.
* ¿Me vas a dejar aquí solo?
- Lo siento...
* ¿Lo sientes? Me he arriesgado. He saltado. No me ha pasado nada. ¿Es qué no lo ves?
- ...
* ¿Me vas a hacer esto después de haber confiado en qué funcionaría? Pensé que lo tenías claro. Por eso yo no tuve ninguna duda.
- Perdona si te hice pensar eso... No era mi intención.
* ...
- Quizás deberías haber esperado a que yo saltara primero.
* Supongo que lo lógico habría sido pegar el salto a la vez. Los dos juntos.
- Sí...
* En fin... ¿y ahora qué? ¿Cómo voy a subir?
- ...
* ¿De dónde voy a sacar las fuerzas para escalar hasta donde tú estás?
- Pues... probablemente no puedas volver aquí arriba conmigo...
* ¿Cómo?
- No sé...
* ¿No sabes? Tú nunca sabes.
- Lo siento... de verdad....
* ...
- ...
* Bueno, entonces supongo que tendré que buscar a alguna otra persona por aquí abajo.
- Supongo...
* Entonces... ¿esto es un adiós?
- ... No sé
* Ya... Nunca se sabe...
- Lo siento... de nuevo
* No lo sientas. En cualquier caso, no estoy arrepentido.
- ¿No?
* No.
- Pero si no hubieras saltado, todo iría sobre ruedas.
* ... Yo siempre saltaré cuando creo que merece la pena. No pienso quedarme paralizado por el miedo. A veces seré acompañado en el salto y a veces no. Podré tener o no suerte pero no voy a echarme atrás por un fracaso.
- Ya...
* Así que nada. Continuaré con mi vida. Mucha suerte.
- Igualmente.
* ¡Adiós!
- .... chao......
30 marzo 2010
El libro de mi vida
Me levanto cada mañana, y me hago siempre la misma pregunta: "¿Qué ocurrirá hoy?"
Cada día es como un nuevo capítulo. Un capítulo del libro que conforma mi vida. Normalmente, los capítulos son aburridos y predecibles. A veces, ocurren sucesos nuevos e inesperados, pero que no alteran en absoluto el rumbo de la historia. Y muy de vez en cuando, las propias páginas del libro se llenan de colorido y parecen cobrar vida; hay un cambio drástico en el argumento y los personajes incluso parecen otros. Y es entonces cuando yo, como lector de mi propia vida, me siento más identificado que nunca y con ganas de ser ese protagonista que leo cada noche en mis sueños, cuando repaso los acontecimientos vividos durante el día y en el pasado.
No obstante, después de unos cuantos capítulos buenos suelen venir varios mediocres, porque la vida es así. Es como una montaña rusa. A los momentos felices siempre les precede unos tristes, y a los tristes, unos felices. Es inevitable. Lo bueno no dura para siempre, es algo que sabe todo el mundo; y sin embargo, a veces la gente se olvida de que las etapas malas tampoco son eternas. Que no hay que quedarse atrapado en el agujero que nosotros mismos nos cavamos. Ya que, al final, siempre se llega a un capítulo en el que el protagonista rompe su rutina por completo, provocando un cambio en el rumbo de su historia.
En definitiva, aunque en ocasiones nos parezca que el libro de nuestra vida se hace aburrido, no hay que dejar de leer, porque sin duda alguna, en él se esconden muchas sorpresas totalmente inesperadas. Y es por eso, que yo estoy totalmente enganchado a mi libro, deseando que sea un nuevo día para preguntarme: "¿Qué ocurrirá hoy?"
Cada día es como un nuevo capítulo. Un capítulo del libro que conforma mi vida. Normalmente, los capítulos son aburridos y predecibles. A veces, ocurren sucesos nuevos e inesperados, pero que no alteran en absoluto el rumbo de la historia. Y muy de vez en cuando, las propias páginas del libro se llenan de colorido y parecen cobrar vida; hay un cambio drástico en el argumento y los personajes incluso parecen otros. Y es entonces cuando yo, como lector de mi propia vida, me siento más identificado que nunca y con ganas de ser ese protagonista que leo cada noche en mis sueños, cuando repaso los acontecimientos vividos durante el día y en el pasado.
No obstante, después de unos cuantos capítulos buenos suelen venir varios mediocres, porque la vida es así. Es como una montaña rusa. A los momentos felices siempre les precede unos tristes, y a los tristes, unos felices. Es inevitable. Lo bueno no dura para siempre, es algo que sabe todo el mundo; y sin embargo, a veces la gente se olvida de que las etapas malas tampoco son eternas. Que no hay que quedarse atrapado en el agujero que nosotros mismos nos cavamos. Ya que, al final, siempre se llega a un capítulo en el que el protagonista rompe su rutina por completo, provocando un cambio en el rumbo de su historia.
27 marzo 2010
Laberinto
Paredes altas se levantan a mi alrededor. Paredes blancas de piedra que me marcan diferentes caminos. Caminos que puedo elegir a voluntad, pero que algunos no tienen salida y me obligan a volver sobre mis pasos. Caminos erróneos que hacen enfadar, entristecer, gritar de rabia. Son sendas que queremos evitar pero que están ahí, y son precisamente las que solemos tomar, a pesar de que intuimos o sabemos que no nos llevarán a ningún lugar que valga la pena. Porque esos lugares nunca son alcanzables por esos senderos incorrectos. Los cuales decidimos seguir generalmente porque son los más fáciles, los más seductores.
Y con el tiempo nos damos cuenta. Nos percatamos de que estamos haciendo el tonto y que esos caminos son una pérdida de tiempo. Y sin embargo, continuamos tomándolos. ¿Por qué? Nuestra lógica nos advierte que es una equivocación tomar esos senderos, pero nuestras emociones y nuestros miedos nos conducen hacia ellos. No obstante, por cada travesía errónea, por cada enfado y bajón que experimentamos al final de cada una, nos hacemos más fuertes. Reflexionamos y aprendemos una lección. Y a medida que nos hacemos más fuertes, vamos sabiendo escoger mejores caminos. Poco a poco nos orientamos entre esas altas paredes blancas que nos separan de ese lugar que ansiamos encontrar. Poco a poco somos capaces de dirigirnos hacia la salida de ese laberinto particular en el que cada uno estamos encerrados.
Unos consiguen llegar antes que otros, y ese tiempo que perdemos en recorrerlo, no es del todo un tiempo perdido. Es precisamente un tiempo ganado, porque si no fuera por esos caminos erróneos que escogemos no sabríamos todo lo que sabemos ahora. Sin esas equivocaciones, no maduraríamos, y seríamos las personas más débiles del planeta. Así que, bendigo cada una de mis malas decisiones, las dificultades que he tenido en mi vida, y todas las veces que me he sentido destrozado: que he sentido que he perdido. Porque ahora sé qué caminos no he de tomar y cuales me llevarán a donde quiero ir. Los caminos que me guiarán a la salida de mi laberinto serán, sin ninguna duda, los más difíciles. Aquellos en los que querré dar media vuelta. Aquellos en los que mis miedos me tentarán para no seguir adelante. Sin embargo, creo, que después de tantos senderos erróneos, he adquirido las fuerzas necesarias para poder hacerle frente a esos caminos que me sacarán de este laberinto. ¡¡Es hora de salir y de sentir que he ganado!!
Y con el tiempo nos damos cuenta. Nos percatamos de que estamos haciendo el tonto y que esos caminos son una pérdida de tiempo. Y sin embargo, continuamos tomándolos. ¿Por qué? Nuestra lógica nos advierte que es una equivocación tomar esos senderos, pero nuestras emociones y nuestros miedos nos conducen hacia ellos. No obstante, por cada travesía errónea, por cada enfado y bajón que experimentamos al final de cada una, nos hacemos más fuertes. Reflexionamos y aprendemos una lección. Y a medida que nos hacemos más fuertes, vamos sabiendo escoger mejores caminos. Poco a poco nos orientamos entre esas altas paredes blancas que nos separan de ese lugar que ansiamos encontrar. Poco a poco somos capaces de dirigirnos hacia la salida de ese laberinto particular en el que cada uno estamos encerrados.Unos consiguen llegar antes que otros, y ese tiempo que perdemos en recorrerlo, no es del todo un tiempo perdido. Es precisamente un tiempo ganado, porque si no fuera por esos caminos erróneos que escogemos no sabríamos todo lo que sabemos ahora. Sin esas equivocaciones, no maduraríamos, y seríamos las personas más débiles del planeta. Así que, bendigo cada una de mis malas decisiones, las dificultades que he tenido en mi vida, y todas las veces que me he sentido destrozado: que he sentido que he perdido. Porque ahora sé qué caminos no he de tomar y cuales me llevarán a donde quiero ir. Los caminos que me guiarán a la salida de mi laberinto serán, sin ninguna duda, los más difíciles. Aquellos en los que querré dar media vuelta. Aquellos en los que mis miedos me tentarán para no seguir adelante. Sin embargo, creo, que después de tantos senderos erróneos, he adquirido las fuerzas necesarias para poder hacerle frente a esos caminos que me sacarán de este laberinto. ¡¡Es hora de salir y de sentir que he ganado!!
21 marzo 2010
Puzzle inacabado
Cuántas veces tendré que despertar,
Y descubrir que todo sigue igual.
Cuántas veces me volveré a ilusionar
Y pensar que todo va a cambiar.
Cuando soplará el viento,
Y traerá consigo la salvación,
Que desvanezca este sentimiento,
Y me libere de esta prisión.
Cuándo soplará el viento,
Y traerá consigo una solución,
Algo que cambie lo que siento,
Y me cure este dolor.
Cuándo traerá esa pieza,
Que falta en mi interior,
Que complete el rompecabezas
Y me haga sentir mejor.
Cómo curaré las heridas de mi alma sucumbida,
Cómo pegaré los trozos de mi corazón,
Dónde encontraré las esperanzas perdidas
En el laberinto de la desilusión.
Dónde estará ese lugar,
Dónde estarás tú,
Cómo podré volar,
Y surcar el cielo azul.
Cuánto costará conseguir lo que quiero,
Qué precio habrá que pagar para triunfar,
Poner en orden lo que siento
Y sentir tu mirada en mi mirar.
Cuándo aparecerás en mi vida,
Cómo te puedo encontrar,
Dónde estás escondida,
Cuánto más he de esperar.
Y de nuevo vuelvo a despertar,
Y descubrir que todo sigue igual.
De nuevo vuelvo a observar
Que faltan piezas por colocar.
Piezas del rompecabezas que queda por completar,
Del puzzle de mi vida, de mis deseos y mi soñar
De momentos que fueron y momentos que serán,
De recuerdos en mi cabeza que jamás podré olvidar.
Y descubrir que todo sigue igual.
Cuántas veces me volveré a ilusionar
Y pensar que todo va a cambiar.
Y traerá consigo la salvación,
Que desvanezca este sentimiento,
Y me libere de esta prisión.
Y traerá consigo una solución,
Algo que cambie lo que siento,
Y me cure este dolor.
Que falta en mi interior,
Que complete el rompecabezas
Y me haga sentir mejor.
Cómo pegaré los trozos de mi corazón,
Dónde encontraré las esperanzas perdidas
En el laberinto de la desilusión.
Dónde estarás tú,
Cómo podré volar,
Y surcar el cielo azul.
Qué precio habrá que pagar para triunfar,
Poner en orden lo que siento
Y sentir tu mirada en mi mirar.
Cómo te puedo encontrar,
Dónde estás escondida,
Cuánto más he de esperar.
Y descubrir que todo sigue igual.
De nuevo vuelvo a observar
Que faltan piezas por colocar.
Del puzzle de mi vida, de mis deseos y mi soñar
De momentos que fueron y momentos que serán,
De recuerdos en mi cabeza que jamás podré olvidar.
20 marzo 2010
¿Quiénes somos?
Imagina el lugar más seguro del mundo. Un lugar donde nada ni nadie jamás ha conseguido entrar. Un lugar tan bien protegido que no existe una persona en este mundo que sea capaz de contar que es lo que hay en su interior. E imagina ahora, que se te presenta la posibilidad de intentar entrar y averiguar qué es aquello tan preciado que debe haber dentro para que haya tal necesidad de protección y vigilancia. ¿Qué me dices? ¿Te atreves?
Yo me atreví, y como digo, imagina que se te da la oportunidad, porque aunque desearas con todas tus fuerzas encontrarlo, nunca lo hallarías, pues es el lugar el que te encuentra a ti. Y cuando lo hace, todo cuanto hubieras imaginado sobre el lugar sería erróneo. Yo pensé que me toparía con toda una fortaleza, un auténtico castillo, con altos muros de piedra tras un profundo foso infestado de cocodrilos hambrientos. Pensé que repartidos por toda la muralla, todo un regimiento de arqueros defendía sin descanso todo el perímetro del castillo. E incluso pensé que tras las enormes puertas de entrada a la fortaleza me esperaba un numeroso ejército de hombres armados, dispuestos a dar su vida por asegurar que nada ni nadie entre jamás. ¿Y qué fue lo que me encontré? Una casita. Una casita con una puerta y una alfombrilla donde ponía “Bienvenido ¿Quieres pasar?” ¿Cómo era aquello posible? Sospechaba que tenía que haber alguna trampa. Que no podía ser tan fácil. No obstante, con mucho cuidado, fui midiendo mis pasos y me acerqué poco a poco a la puerta. Extendí mi mano, agarré el pomo, y abrí la puerta lentamente. La habitación que había al otro lado estaba totalmente a oscuras. En ese momento dudé. ¿Merecía la pena correr el riesgo? ¿Por qué no seguir con mi vida y dejarlo pasar? Pero no, la curiosidad me mataba por dentro, así que fui decisivo, entré y cerré la puerta de golpe. Nada más hacerlo, la oscuridad se esfumó.
De repente, ya no estaba en una habitación, sino al aire libre. A mi espalda seguía estando la puerta, pero nada más. Podía volver sobre mis pasos cuando quisiera. Aún estaba a tiempo. Más cuando me vi rodeado por un foso bastante considerable. Sin embargo, mi orgullo me lo impedía. La única manera de avanzar era sobrepasando el agujero, pero sabía que físicamente no era capaz de saltarlo. ¿Qué debía hacer? Como empujado por alguna especie de fuerza interior, cogí carrerilla y salté. No sabía muy bien cómo, pero llegué al otro extremo del barranco. Tan sólo tuve fe en que lo conseguiría.
A lo lejos, pude distinguir una especie de instalación. Me apresuré y a escasos metros de distancia, me percaté de que era un edificio de dos plantas rodeado por una reja electrificada, vigilado por cámaras de seguridad y un guardia armado en la puerta principal. Estaba claro que ahí dentro estaba aquello que tanto valor tenía. Ya quedaba poco, sólo tenía que encontrar la manera de burlar todo ese sistema de seguridad. Pensé en toda la gente que habría llegado hasta aquí y se dio media vuelta. O la gente que lo intentó, y no lo consiguió. Y no estaba dispuesto a perder de ninguna de las dos formas. Pensé, que habría algo que ninguna otra persona había intentado. Así que me dirigí hacia la entrada con decisión y paso firme. Acto seguido, el guardia exclamó con desprecio: “¿Quién eres y que quieres?” Con toda tranquilidad y sinceridad contesté: “Soy alguien que quiere saber qué es lo que hay dentro que es tan preciado, ¿Puedo pasar?” El guardia, sin mediar palabra, me abrió la puerta y me invitó a pasar.
Nada más entrar, el guardia cerró la puerta tras de mí. Ahora, me encontraba en una pequeña habitación y en el centro de la misma, había como una pequeña cúpula formada por varias barreras transparentes que protegían algo en su interior. Sin embargo, no se podía distinguir qué era. Examiné la cúpula y toda la habitación de arriba abajo y no encontraba ninguna manera de deshacerme de aquellas barreras. Estaba a punto de darme por vencido. Pero de nuevo, no podía terminar así. Había llegado más lejos que nadie. Tenía que averiguar la forma de conseguir traspasar esas barreras. Me senté a meditar y a pensar alguna solución. Al cabo de cinco minutos, automáticamente, una de las barreras se abrió. ¿Cómo lo hice? Seguí sentado, intentado dar con la clave, pero nada. Entonces, otra de las barreras se abrió. Empecé a entender que era cuestión de tiempo, y que si tenía la paciencia suficiente, todas las barreras se abrirían. Y así fue. Finalmente, después de varios días y semanas allí encerrado, lo conseguí. Me acerqué a la cúpula, ya abierta, y al fondo… encontré un espejo. Lo cogí y me miré en él. Por más que lo miraba tan sólo veía mi reflejo. ¿Qué clase de broma pesada era ésta?
Pues… la verdad, es que no era ninguna broma. Encontrarme con aquel lugar misterioso era lo mejor que me había pasado en la vida. Y no es el único lugar que existe. Hay millones y millones de lugares por todo el planeta. Cada uno de nosotros somos uno de esos lugares, especiales e irrepetibles. Cada uno de nosotros posee sus propias pruebas que otras personas han de pasar para llegar hasta quienes realmente somos. Y sinceramente, esas pruebas son tan duras como lo exigentes que queramos ser con los demás. Cada uno establece sus normas y sus límites. Y yo, me topé con una persona que me pedía que fuera decisivo y que tuviera fe en ella, así como que fuera sincero y paciente. Y como prueba final, que dejara de mostrar mi fachada, mi disfraz, mi reflejo…. Debía dejar de verme reflejado en el espejo, para lo cual era necesario que me diera a conocer como era realmente. Sólo entonces, fui capaz de verla como era ella. Llegar hasta ahí no fue fácil, y me llevó mucho tiempo, pero mereció la pena.
Por lo general, nadie confía plenamente en otra persona, y para que eso sea posible, esa persona debe demostrarle que es de confianza pasando satisfactoriamente las pruebas correspondientes. Y es que la confianza es difícil de conseguir, aunque más complicado es recuperarla después de haberla perdido. Es algo que hay que cuidar. Es algo por lo que hay que luchar. Así que dime, ¿estás dispuesto a luchar? ¿Si te encuentras con un lugar de éstos, intentarías descubrir qué hay dentro? ¿Correrías el riesgo? Espero que sí. Es algo que jamás olvidarás.
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