15 febrero 2011

Salvación

Anduve mucho tiempo desorientado.
Equivocándome de camino una y otra vez.
Hasta que al final me decidí por uno,
del que me prometí no retroceder.

Porque allí apareciste y me diste lo que me hacía falta:
la pieza de tu puzle que me completaba.
Liberándome de las arenas del camino
que tan fuertemente me apresaban.

Y por cada paso que daba,
mis miedos comenzaban a desaparecer.
Conforme iba avanzando,
mi ilusión no paraba de crecer.

Necesitaba saber cómo eras.
Tenía que conocer a la dueña de la pieza.
La que renovó mi fe en el amor.
La que me abrió de nuevo las puertas.

Pero el sendero se hizo cada vez más peligroso.
Trampas y acantilados comenzaron a aparecer.
Mis miedos volvieron a presentarse ante mí.
Poniendo a prueba mi coraje y mi fe.

Y a pesar de todo, conseguí salir adelante.
Con mucho esfuerzo dejé de lado todo mis temores,
y le presté más atención a mis metas y deseos,
que tantas veces se vieron saboteados por mis errores.

Errores que pesaban fuertemente sobre mi conciencia.
Momentos de mi vida que me gustaría cambiar
que resquebrajaron con violencia mi corazón
haciéndolo sangrar y sangrar sin parar.

Y es entonces cuando, recordando todo eso,
caí de rodillas sobre la arena del camino.
Y viendo como mis lágrimas la humedecían
recordé lo mucho que seguía sintiéndome herido.

Gotas de lluvia acompañaron mis lágrimas,
mojando mi cuerpo y alimentando mis ganas de gritar
Después de tanta lucha y tanto progreso
¿cómo podía seguir sintiéndome tan mal?

Había encontrado el camino que durante tanto tiempo había estado buscando.
Hallé la pieza que por fin encajaba y completaba mi vida.
Y perdí los miedos que tantas veces me habían frenado.
¿Por qué tenían que seguir ahí esas malditas heridas?

¿Por qué esa lluvia de malos momentos continuaba azotándome?
¿Cómo podía deshacerme de esa sesanción de infelicidad?
¿De dónde podía sacar las fuerzas para levantarme del suelo?
¿Y ganar esa confianza que me hiciera valorarme más?

Lo intenté durante mucho tiempo...
Y nunca logré hacerlo completamente.
Quizás debía hacerme a la idea de ello
De convivir con esa sensación eternamente.

Pero de repente, dejé de sentir las gotas sobre mi espalda.
Levanté la vista, y vi un paraguas rojo sobre mi cabeza.
Me incorporé y me giré apresuradamente.
Y al instante desapareció toda mi tristeza.

Porque allí estabas tú, interponiéndote entre la lluvia y mi cuerpo.
Salvándome de mis malos pensamientos.
Haciéndome volver a tener confianza,
y olvidar todos los malos recuerdos.

Has hecho que me sienta bien conmigo mismo.
Y has curado las heridas que aún sangraban en mi interior.
Estoy tremendamente agradecido por ello,
y por eso te entrego... por completo... mi corazón.

3 comentarios: